El aire es uno de los elementos constitutivos de la naturaleza y
simboliza el pensamiento, la comunicación y la libertad. El pensamiento nos
remite a algo elevado, la comunicación a la relación social y la libertad a la
posibilidad de ser uno mismo. Igual que hoy, cumbres, vidas e independencia
definen la identidad de la energía eólica, una realidad que queremos compartir
con motivo del Día Mundial del Viento, que se celebra cada 15 de junio.
En las cimas de un tercio de las ayuntamientos gallegos operan
aerogeneradores que suman unos 4.000 megawatios (MW) de potencia. Los
parques se implantan en zonas de monte pelado, muchas veces inaccesible
–por lo que se desbrozan, se abren sendas y se facilita el acceso ya con fines
de protección ambiental y lucha contra el fuego ya con fines de uso turístico–, y
en prados y ámbitos de pastoreo conviven en perfecta armonía con los
animales. Galicia fue la pionera hace treinta años en el desarrollo de la
tecnología del viento, ocupando las primeras posiciones europeas y mundiales.
Lamentablemente, nos hemos quedado atrás en esta década y hasta hemos
bajado del podio autonómico español, debido al freno judicial logrado por
asociaciones contrarias a la energía limpia, autóctona y renovable.
Galicia generó el año pasado (2025) 8.609 GWh de energía eólica, que podrían
suministrar electricidad verde, durante un año, a 2,5 millones y medio de
hogares, cuando en la comunidad gallega se estima que hay un millón de
viviendas. Aunque conviene aclarar que solo el 25 % de la electricidad
consumida corresponde efectivamente al uso residencial, mientras que el 75 %
restante va a la industria, servicios, agricultura y otros. Por otra parte, Galicia
sigue importando más del 70 % de energía procedente de combustibles fósiles,
los que producen emisiones contaminantes tan perjudiciales para la atmósfera
y el calentamiento global. Los expertos ya vaticinan un verano gallego más
caluroso que el del año pasado, donde Ourense padeció una insoportable ola
de incendios forestales. La OMS advierte que el mundo no está preparado para
otra pandemia, que acabará llegando, y que la “inacción mata”. Por eso y por
reducir nuestra dependencia energética de terceros, la transición energética
necesita avanzar con urgencia, con garantías pero sin distracciones espurias.
Europa recomienda la electrificación masiva de la economía, porque estamos
muy lejos de los objetivos marcados en las diferentes planificaciones de las
Administraciones Públicas.
Y Galicia lo tiene todo: el recurso (viento continuo), conocimiento tecnológico
innovador y los puertos con los calados y la intermodalidad necesarios para
poder construir las plataformas flotantes que se usan en la eólica marina.
Igualmente, tenemos en espera otros 4.000 MW de potencia (tantos como los
que están en operación) que, tras cinco sentencias favorables del Tribunal
Supremo, deberían empezar a desjudicializarse, ya que cuentan con la
correspondiente declaración de impacto ambiental, la autorización
administrativa de construcción de los parques y los necesarios permisos de
conexión a la red. Tras cinco años parados, deberíamos empezar a ver la luz al
final del túnel, porque el sector se ha quedado exhausto debido a la caducidad
de proyectos bien tramitados, una tecnología que se queda anticuada y unas
inversiones previstas que las empresas han debido dirigir a otros proyectos y
territorios.
El contexto geopolítico de guerra, especialmente el que mantienen USA, Israel
e Irán con el estratégico Estrecho de Ormuz cerrado –donde hay miles de
petroleros atascados e inseguros– ya pronostica un aumento del coste de la
gasolina este verano. Y cuando sube la energía, se encarece todo lo demás, el
coste de la vida en definitiva. El Banco Central Europeo acaba de subir los
tipos de interés para contener la inflación. Galicia, con su extraordinario
potencial renovable, tiene una nueva oportunidad de convertirse en un país con
electricidad limpia y barata para la ciudadanía y la industria, por su proximidad
y su capacidad potencial de generación. La vida y la economía descansan
sobre la energía, una fuente cuyo desarrollo solo puede ser renovable y
sostenible.
