Arranca el mes de la vuelta al cole, que siempre supone un esfuerzo para las familias. Pero este septiembre debuta con un elevado encarecimiento de la vida, que afecta directamente a la ciudadanía y a las pequeñas y medianas empresas; reduciendo su capacidad de compra o inversiones, así como viéndose obligadas las compañías a renegociar su financiación debido a la subida del precio del dinero. El euríbor, indicador de referencia de hipotecas y préstamos, ha llegado al 3 %, un tipo de interés que no se conocía desde hace un par de años. Además, la luz, el gas y el petróleo han subido este verano el disparatado porcentaje del 20 %. Y conviene resaltar que estos son los vectores energéticos que provocan mayor inestabilidad, sencillamente porque los combustibles fósiles están volviendo a trasladar volatilidad al Índice de Precios al Consumo (IPC). La guerra en Oriente Medio, sobre todo en la estratégica ruta del Estrecho de Ormuz, ha encarecido el petróleo y el gas. Desde el conflicto con Irán, que ya cumple seis meses, volvemos a comprar más gas que nunca. Ahora bien, la inflación energética no es una cuestión de precios exclusivamente, es un serio problema de dependencia; porque cuanto más petróleo y gas importamos, más expuestos estamos a guerras, crisis geopolíticas y decisiones tomadas fuera de Europa.
La inflación gallega superó en medio punto la media española (4,1 % frente a 3,6 %) en julio; y en agosto aumentó 7 décimas hasta el 4,3 %, debido a los carburantes en su mayor parte, con lo que la inflación gallega rondará el 5 % probablemente. De ahí que Galicia siga llamada a jugar un papel esencial a la hora de conquistar soberanía energética, salud pública y ambiental, precios bajos de un bien de consumo imprescindible como la electricidad y seguridad nacional. Nuestra capacidad y potencial de generar energía renovable es enorme siempre y cuando logremos desarrollar los proyectos eólicos con declaración ambiental favorable y sus correspondientes permisos de construcción. Porque deambulan por una especie de limbo judicial un centenar de parques y varias líneas de evacuación eléctricas, a pesar de las sentencias favorables del Tribunal Supremo y del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Entre tanto, el sector eólico sigue esperando la aplicación efectiva del interés público superior para las energías renovables que dictó la UE ya en 2023, así como la aceleración estratégica de su despliegue e implantación.
Cada verano gallego es más seco y caluroso, con alertas y restricciones de agua por el bajo nivel de los ríos y los embalses; una circunstancia que también ha llegado a Centroeuropa de forma alarmante. Si falta el agua, ya solo nos queda el viento como energía propia y renovable. El cambio climático cada vez se manifiesta más cerca de nuestros campos, de nuestros montes y de nuestros organismos, con consecuencias mortales para los seres vivos y muy dañinas para la naturaleza. Por fortuna, el viento sigue soplando, nuestra fuente limpia y autóctona. China, uno de los principales países contaminantes del planeta, ha dado un extraordinario empujón a las energías renovables, hasta el punto de que aumentarán un 8 % este año. Los gigantescos centros de datos previstos en Aragón empiezan a sufrir retrasos por falta de agua.
Este panorama pronostica un otoño de sufrimiento sin paliativos, cuya intensidad tope es muy incierta. Las reservas energéticas están en mínimos y los precios de los combustibles fósiles siguen creciendo sin parar. Esta coyuntura de inflación alta y precios energéticos disparados provocará, sin duda, una nueva subida de los tipos de interés, o sea del precio del dinero. Toda esta situación, que repercute directamente en nuestros bolsillos, se habría aliviado notablemente en Galicia si se hubiesen instalado los 3.000 MW eólicos que siguen encomendados a la providencia.
